07 Mar 2026

Igualdad real, no sólo avances en las cifras y menos discursos cuñadiles

Ventanas de Opinión

Borja Suárez Sánchez (*)

Este no es un artículo con la intención de hacer “mansplaining”, ni intentar quitar protagonismo a la causa y a sus protagonistas, sino dar el punto de vista de una persona que se considera feminista y que lucha junto con su organización para intentar que la igualdad real se dé, esto es una lucha social continua.

Cada 8 de marzo recordamos que la igualdad entre mujeres y hombres no es un logro consolidado, sino un proceso en construcción. Pese a los discursos cuñadiles, los influmachirulos acomplejados o esta ola reaccionaria fascista, en muchos discursos institucionales se habla de avances, de mejora en los indicadores, de progresos lentos pero constantes. Sin embargo, la realidad laboral demuestra que la igualdad efectiva sigue lejos de ser un logro. La brecha salarial persiste, el techo de cristal sigue intacto en muchos sectores y las condiciones estructurales que sostienen la desigualdad “mutan” y se transforman de manera que son las mismas pero con distintas apariencias para que haya quién vea un espejismo de igualdad donde no lo hay ni de lejos, es más continúan reproduciéndose generación tras generación.

La brecha salarial es uno de los rostros más visibles de esa desigualdad, no se trata únicamente de que mujeres y hombres cobren distinto por un mismo trabajo (algo que la ley prohíbe de facto), sino de un fenómeno mucho más profundo: carreras laborales interrumpidas por los cuidados, mayor presencia femenina en empleos precarios o a tiempo parcial, menor acceso a puestos de responsabilidad y una segregación ocupacional que sigue empujando a las mujeres hacia sectores peor remunerados. La desigualdad no está solo en la nómina, está en el recorrido profesional completo.

A esto se suma el llamado “techo de cristal”, esa barrera invisible que impide a muchas mujeres puedan alcanzar posiciones de liderazgo. No es casualidad que, incluso cuando el nivel educativo es igual o superior al masculino, la presencia de mujeres en puestos directivos sigue siendo muy inferior. El talento existe, la formación también, pero el acceso al poder económico y a la toma de decisiones continúa marcado por inercias históricas que todavía no se han desmontado, una sociedad que sigue subyaciendo , todavía, un “tufo” patriarcal. Si hacemos referencia a Canarias solo una de cada cinco posiciones ejecutivas está ocupada por mujeres, lo que evidencia que, en estas islas, el techo de cristal es una realidad cotidiana.

Si miramos a Canarias, el panorama presenta claroscuros. Por un lado, la brecha salarial del archipiélago es menor que la media nacional, situada en torno al 10 % según distintos informes. Sin embargo, este dato no siempre refleja una igualdad real, sino que en parte se explica por la precarización generalizada del mercado laboral canario y por niveles salariales más bajos en general. Dicho de otro modo: la desigualdad relativa puede ser menor, pero el problema estructural sigue presente.

También persisten desigualdades vinculadas a la conciliación, a la distribución del trabajo de cuidados y a la penalización laboral asociada a la maternidad, factores que condicionan la trayectoria profesional femenina desde edades tempranas. Estos datos se convierten en cargas mentales y laborales para las mujeres que sufren la doble y triple carga laboral, debiendo ocuparse de su desarrollo profesional, de las tareas domésticas y de los cuidados de personas mayores o dependientes. Todo esto en los hombros más precarizados del mundo laboral.

Al mismo tiempo, sería injusto ignorar los avances. El empleo femenino ha crecido en el archipiélago y el paro entre mujeres ha descendido hasta niveles no vistos desde antes de la crisis financiera. Cada vez más mujeres acceden a formación superior, emprenden, lideran proyectos y ocupan espacios históricamente vetados. Pero el progreso no equivale a la igualdad. Y hay que dejar claro que mejorar no significa haber llegado.

El verdadero desafío es comprender que la desigualdad de género no es un problema individual, sino estructural. No depende de decisiones personales aisladas, sino de cómo se organiza el trabajo, de cómo se distribuyen los cuidados, de cómo se valora socialmente el tiempo de las mujeres y de cómo se construyen las oportunidades desde la infancia.

Ante la ola reaccionaria y las redes sociales, nos genera otra batalla que quiere manipular y utilizar a los jóvenes, y si, solo hablo de LOS JÓVENES en masculino, convirtiéndolos en grandes negacionistas que como así lo cuantificaba la página “efeminista_efe” solo el 26% de los chicos se consideran feministas, porque lo ven como una “herramienta de manipulación política” y aquí es donde tenemos que batallar. No podemos permitir que los discursos de los partidos de extrema derecha y los machirulos de tik tok lleven a nuestra juventud a tiempos tan oscuros. Este es su

sistema, enfrentar a la sociedad contra la persona que viene de fuera, enfrentar entre generaciones y atacar el feminismo, cuando es conocido por toda la sociedad, que su temor real, es el fin de sus privilegios, y no el avance de la mujer en una sociedad que el empoderamiento de esta, no es una cuestión de justicia, es una necesidad indispensable para la transformación social y el desarrollo de la misma.

Por eso el 8 de marzo no es solo una fecha simbólica ni una celebración, sino un recordatorio de la lucha pendiente. Queda por cerrar la brecha salarial real, no sólo estadística. Queda por derribar el techo de cristal en las empresas, en la política, en la ciencia y en todos los espacios de poder. Queda por construir un sistema laboral que no penaliza la maternidad ni la conciliación. Y queda, sobre todo, por transformar una cultura que todavía normaliza la desigualdad cuando adopta formas sutiles.

La igualdad no llegará sola ni se consolidará por inercia. Requiere políticas públicas eficaces, compromiso empresarial, corresponsabilidad social y una voluntad colectiva de cambio. Porque mientras el lugar de nacimiento, el género o la maternidad sigan condicionando las oportunidades laborales, el 8 de marzo seguirá siendo una jornada de reivindicación y lucha.

No basta con avanzar: ¡¡¡hay que transformar!!!

(*) Secretario General CCOO Servicios

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