06 Mar 2026

Juan Francisco Reverón salió del agua y ...

Municipios

Me entró un watshap de Juan Francisco Reverón envenenado, digno de compartir porque lleva un mensaje para reflexionar, especialmente para que los políticos reflexionen

Juan Santana / Arona

Juan Francisco Reverón, empresario, amigo y vecino del municipio de Arona en el sur de Tenerife y creador de algunos hoteles, entre los cuales está el Hotel Spa Villalba en Villaflor, es un amante del submarinismo, especialmente porque bajo el mar, coge oxígeno para después seguir soportando la realidad del exterior y justamente el cinco de marzo cuando voy en la guagua desde la estación de Titsa en Adeje hasta El Fraile que estuvimos una hora y tres minutos para llegar, pues justamente me entró un watshap de Juan Francisco Reverón envenenado, digno de compartir porque lleva un mensaje para reflexionar, especialmente para que los políticos reflexionen y sin más preámbulos, comparto el mensaje...

Gracias Juan Francisco... durante más de dos décadas, Tenerife ha sobrevivido al borde del colapso. Lo que empezó como un problema de tráfico se ha convertido en una crisis que erosiona el bienestar, la economía y la igualdad entre islas. Hoy, el puerto de Los Cristianos y el Aeropuerto Internacional del Sur son símbolos de un riesgo que ya no se mide en retenciones, sino en vidas desgastadas.

Cada amanecer, miles de personas salen de casa antes de tiempo, con la esperanza de llegar a tiempo. Trabajadores, estudiantes, sanitarios, padres y madres que viven con el reloj pegado al parabrisas. No hacen falta informes técnicos: basta con mirar las colas interminables de la TF 1 o la TF 5 para entender que la isla se paraliza desde que sale el sol hasta bien entrada la tarde.

No es solo coger un atasco; es vivir en él. Es perder horas de sueño, de trabajo y de familia. Tiempo que se evapora dentro del coche, entre la resignación y el cansancio.

Mientras tanto, las promesas se acumulan: soterramientos, trenes que nunca se construyen, túneles que no llegan, accesos a puertos o aeropuertos que siguen en planos. La realidad avanza “más población, más turismo, más mercancías” pero las carreteras son las mismas. Y el resultado es un sistema al límite.

El puerto de Los Cristianos se ha vuelto el emblema de ese despropósito. Cada embarque convierte el pueblo en una olla a presión: coches, guaguas, camiones, turistas y vecinos peleando por el mismo espacio. Lo que debería ser un punto de encuentro entre islas es hoy un cuello de botella que asfixia al sur.  

A solo unos kilómetros, el aeropuerto del Sur vive la misma historia. Cada incidente en la TF 1 entre el aeropuerto y Los Cristianos deja atrapados a taxis, guaguas y viajeros. Vuelos perdidos, excursiones canceladas, trabajadores que llegan tarde… Una cadena de retrasos que estropea la imagen de un destino turístico que presume de orden y calidad.

Pero el problema va más allá de los turistas. Lo sufren quienes sostienen la industria: camareros, limpiadoras, conductores, recepcionistas, personal del propio aeropuerto. La paradoja es cruel: la mayor fuente de riqueza de la isla depende de una infraestructura al borde del fallo.

Y no son solo los tinerfeños. La Gomera, La Palma y El Hierro también padecen las consecuencias de cada atasco en el puerto. Para muchos de sus vecinos, Los Cristianos no es solo un puerto, sino la puerta al hospital, a la universidad o a la administración. Cuando esa puerta se bloquea, aparece una desigualdad silenciosa: la de quien no puede llegar cuando más lo necesita.

El colapso de Tenerife ya no se mide en kilómetros de retenciones, sino en vidas agotadas. En trabajadores que llegan quemados, estudiantes sin tiempo, familias rotas por el estrés. Es un desgaste invisible en los discursos oficiales, pero muy real en la salud mental y la confianza de la gente.  

Mientras la administración sigue entre grandes palabras y proyectos suspendidos, la isla se acerca a un punto de no retorno. Si un día coinciden fallos en la TF-5, TF 1, el puerto y el aeropuerto, no habrá parche urgente que lo resuelva. Porque el riesgo ya no es un atasco más, sino la parálisis total de tres infraestructuras esenciales.

El problema no es el tráfico. El problema es haber construido una isla alrededor del coche, sin una red pública real ni una visión interinsular. Durante demasiado tiempo, se ha permitido que puerto, aeropuerto y carreteras funcionen sin planificación común. Y ahora, juntos, componen el retrato de una isla que llega exhausta a su límite.

Tenerife ya no tiene un problema de movilidad. Tiene un problema de vidas.

PUBLICIDAD